Ayer fue un día que recordaré por mucho tiempo, aunque no necesariamente con una sonrisa. A mis 70 años, el maquillaje siempre ha sido mi aliado fiel.
Me encanta cómo un toque de color puede realzar mis rasgos y darme ese empujón de confianza que a veces necesito.
Sin embargo, nunca pensé que algo tan personal podría ser motivo de vergüenza.
Me estaba preparando para una cena familiar, una ocasión que siempre espero con ansias. Disfruto de la compañía de mis hijos, mis nietos y, por supuesto, mi nuera, Laura. Mientras me aplicaba mi lápiz labial favorito y un poco de sombra en los ojos, Laura entró en la habitación. La mirada en su rostro pasó de curiosidad a desaprobación en cuestión de segundos.

Con una frialdad que me dejó helada, dijo: «Das pena intentando disimular las arrugas. A tu edad, deberías dejar de fingir lo que no eres». Sus palabras fueron como un golpe directo a mi autoestima. Me quedé mirándola, sin saber qué responder. Laura siempre había sido directa, pero nunca antes había sido tan cruel. Sentí cómo se me formaba un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaban con brotar.
Mi esposo, siempre mi roca, notó mi malestar cuando bajé al comedor. Al enterarse de lo que había pasado, me tomó de la mano y me dijo: «Ignórala. Tú siempre has sido hermosa, con o sin maquillaje. Lo importante es cómo te sientes tú». Sus palabras me reconfortaron un poco, pero el daño ya estaba hecho. Durante toda la cena, no pude evitar sentirme cohibida, como si todos estuvieran juzgando cada línea de mi rostro.
Esa noche, después de que todos se fueron, me miré al espejo y me cuestioné si realmente tenía sentido seguir maquillándome. ¿Era yo la que estaba equivocada al querer sentirme bonita a mi edad? ¿Debería hacer caso a Laura y aceptar que mis días de usar maquillaje habían terminado?
He estado pensando mucho en ello y me di cuenta de algo importante. El maquillaje no es sólo sobre apariencia, sino sobre cómo me hace sentir. Me da seguridad, me recuerda mi juventud y me permite expresarme. No debería dejar que la opinión de otra persona, incluso la de mi nuera, defina cómo debo vivir mi vida.
Decidí que seguiré maquillándome, no para disimular mis arrugas, sino para celebrar cada año que he vivido. A cualquiera que haya pasado por algo similar, les diría que hagan lo que les haga sentir bien. Al final del día, la vida es demasiado corta para vivirla según las expectativas de otros.